Como un sueño. Aquella cena con los amish, hace apenas cinco días, tuvo poco de realista y mucho de aleccionador. Fue en la escondida casa de una gran familia amish, a unos treinta kilómetros de State College, Pennsylvania.
Los hay de varios tipos: amish que no viajan y pasan toda su vida en el campo, amish que no usan la electricidad y amish que prescinden de cualquier color diferente al negro o al blanco. Wikipedia señala un rasgo común con el que creo estar de acuerdo: tienen un estilo de vida sencillo, visten al modo tradicional y se resisten a aceptar las comodidades modernas.
Créanme: los amish viven en otro planeta. Aislados del mundo y, a su manera, felices. Joder, por no tener, la familia con la que cenamos no tenía ni luz en el baño. Nunca había orinado a la luz de una vela.
Durante el espectacular banquete que la madre y la hija nos sirvieron a los 14 comensales, tan casero y sabroso, no dejé de pensar en la famosa película Witness (1985, Peter Weir) y en el amorío de John (Harrison Ford) con Rachel (Kelly McGillis). Ahora me parece entenderte mejor, Harry.
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