Así es como se siente uno a veces: como la Nada. Apático y dejado de la mano de Dios. Como si acabáramos de culminar la lectura de la obra de Laforet.
Pero entonces algo viene a sacarnos de esa postración. A unos, el amor; a otros, el trabajo; a unos cuantos, la cama; a varios, otra lectura... pero a todos, algo. Porque la Nada no es el fin.
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